VICTORIA.
Entro a la habitación de Enzo con pasos lentos, intentando no hacer ruido con mis zapatos de tacon sobre el suelo de la clínica. El olor a desinfectante y el pitido rítmico y monótono de las máquinas me reciben.
Mi sobrino, con apenas cinco años, está completamente dormido en la camilla, viéndose alarmantemente pequeño entre tantas sábanas blancas y cables. A un costado, Valentina tiene la cabeza apoyada en el borde del colchón. Tiene los ojos cerrados y los brazos cruzados, intentand