MAX.
Freno el auto en la cima del mirador, donde el viento de la noche golpea con fuerza. El lugar está infestado de camionetas negras blindadas. Los hombres de Sergei se despliegan en el perímetro, con las manos apoyadas en sus armas cortas bajo los abrigos. Llego solo, apago el motor y bajo del coche sin prisa. No les temo. He lidiado con escoria peor toda mi vida.
Sergei está de pie al borde del precipicio, fumando un cigarrillo, inmóvil. Me acerco a él con paso firme, deteniéndome a dos met