MAX
Mi madre, Tania, ya está sentada a la mesa. Tiene una taza entre las manos y la mirada fija en el ventanal. No me habla. Lleva una semana entera sin dirigirme la palabra, todo porque no ha podido meter sus narices en los preparativos de la boda ni controlar un solo detalle del enlace. Me sirvo el desayuno y me siento frente a ella, comiendo en un silencio denso, pesado. Nunca en mi vida he estado sin hablarme con mi madre por tanto tiempo; es una situación inusual y, aunque detesto sus dram