(Perspectiva de Rodrigo)
Nunca he sido de mirarme mucho al espejo. Un hombre como dios manda no se queda admirando su propio reflejo, ¿no? Pero allí, delante de aquel espejo de cuerpo entero de la sastrería, tuve que reconocer que el traje me quedaba clavado.
Me coloqué bien la americana y sentí una mezcla de nervios y de alegría. El traje era impecable, un blanco roto con una textura riquísima, como si cada hilo contara una historia. La caída era perfecta, hecho a medida. Pero lo que de verdad