Era ella.
Todo mi cuerpo reaccionó antes de que mi cerebro pudiera procesar nada. Mi corazón se disparó como un animal enjaulado; el cansancio desapareció en un segundo, sustituido por una descarga de adrenalina fría y aguda. Salí corriendo del gimnasio y crucé el jardín de un salto, con los ojos escaneando la oscuridad.
— ¡¿Mariana?! —grité, y mi voz sonó áspera, cargada de un pánico que no reconocía en mí mismo.
Ya no estaba en el columpio. Mis ojos se acostumbraron a la penumbra y vi um bult