Parecía una niña enfadada, frustrada con el mundo. Fue un destello tan puro, tan alejado de la niñera defensiva o de la mujer fogosa de los besos, que algo se me encogió por dentro. Me acerqué y le tendí la bolsa de hielo.
— Vamos a poner esto, ayudará con el hinchazón hasta que nos vayamos.
Miró la bolsa, luego a mí y, en un acto de pura rebeldía, me la quitó de la mano.
— Déjame, ya lo hago yo. Y no voy a salir de aquí.
La chispa de mi irritación, que se había apagado un poco, volvió con fuer