La caminata hasta la parada del autobús fue un intento frustrado de calmar el caos que llevaba dentro. Cada paso parecía repetir el toque de las manos de Rodrigo en mi cintura, la presión de sus dedos en mi nuca, el sabor caliente y desesperado de su boca. Mi cuerpo todavía temblaba por dentro, una reacción puramente física que no podía controlar.
Yo era virgen. Hasta entonces, lo máximo que había tenido de contacto íntimo era conmigo misma, en la soledad de mi cuarto, imaginando... yo qué sé,