Solté un jadeo de sorpresa, mis manos fueron directas a su pecho desnudo y ardiente para apoyarme.
— ¿Qué estás...? —empecé, pero no me dejó terminar.
Su otra mano se cerró con firmeza en mi cintura, pegando nuestros cuerpos en un contacto total. Cada uno de sus músculos estaba presionado contra mí. Un escalofrío me recorrió la columna entera.
Entonces hundió la cara en mi cuello, inspirando profundamente, como si intentara absorber mi olor. La sensación de su respiración caliente y húmeda en m