— Soy el CEO de esta empresa, Mariana. Puedo asegurar lo que me dé la gana —le respondí, e por primera vez en todo el día, vi un amago de resistencia en ella—. No te va a salpicar nada y del resto... ya me encargo yo. Te lo prometo.
Suspiró, un suspiro largo que todavía arrastraba los restos de los sollozos, y me quedé mirándola un momento.
Incluso con la cara hinchada y el pelo un poco alborotado por la bronca, estaba preciosa.
Había algo en ella que me atraía, una fuerza de gravedad que ya no