Dos tías de administración pasaban por el pasillo en ese preciso instante.
Se pararon, cruzando miradas cómplices y sonrisitas venenosas.
Una de ellas, una rubia con una cara de borde que tiraba para atrás y que yo sabía que se llamaba Vanessa, soltó una risita ahogada.
—Ya ves, Marcos. ¿Es el nuevo requisito de la empresa ahora? —dijo, pasando por mi lado y dándome un empujón aposta en el hombro—. Hola, amante.
Se me nubló la vista. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que no eran solo ellos.