El edificio Moguer se alzaba impecable, frío, perfectamente alineado con la imagen que Gerald había construido de sí mismo: eficiente, intocable, siempre en control.
—Señor Moguer, ya revisé los documentos de la reunión de las once —dijo su nueva secretaria, dejando una carpeta perfectamente organizada sobre el escritorio—También adelanté los correos pendientes y reprogramé la llamada con Osaka para mañana.
Gerald alzó la mirada apenas, hojeando las hojas.
—Está bien —murmuró finalmente.
Y eso,