05. Cueva de serpientes
Kala dio un paso al frente, pero la mano de Livia le impidió avanzar. Ella sonrió con educación, aunque no sentía el más mínimo afecto por esa gente. No iba a echar por tierra sus buenos modales. Ella no era una bastarda. Tuvo madre y tenía un padre que la adoraba como a la vida misma. Así que, lo que dijeran ahí, no iba a perturbarla.
—Señores, no esperé tan cordial bienvenida —dijo, mirando fijamente al hombre rubio parado como estatua en el marco de la puerta. Tenía l