30. Quédate
30. Quédate
Knox lo dudó, dejó los girasoles sobre el capó del auto y se arrodilló sobre el sucio suelo para recibir a su hija entre sus brazos. No tenía palabras para expresar lo que sentía en ese momento. Era igual a la primera vez que la abrazó, pero la fuerza del sentimiento era mayor.
Escucharla gritar “papito” era más de lo que había esperado en este encuentro. Todos sus miedos desaparecieron por arte de magia. Los pequeños brazos de Nikki alrededor de su cuello borraban todos los años de