Eva
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de seda, dibujando patrones dorados sobre las sábanas revueltas. Me quedé inmóvil, observando cómo el polvo bailaba en los rayos de sol, suspendido en el aire como mis propios pensamientos. La habitación estaba vacía, pero su presencia permanecía impregnada en cada rincón, en cada objeto, en mi propia piel.
Damián se había marchado antes del alba, como solía hacer últimamente. Sus asuntos demoníacos, como él los llamaba con esa sonrisa sardón