—¡Maldito hijo de puta!
Vuelvo a bramar en la tranquilidad de mi habitación en la casa de los O’Connor. Es que estoy tan cabreada y enojada con ese tipejo que lo único que se me ha ocurrido pensar es en conseguir un sicario y hacerlo picadillo, o mejor aún lo mato to misma y se lo lanzo a los perros.
No, mejor no, se pueden enfermar los perritos.
—Pero, Louise…
Esa niña estaba tan contenta con la mentira piadosa que le dije que no me atrevo a dañar su corazoncito ya herido. Necesito hacer algo,