Cap. 79 Claro que sí
Dayana no respondió de inmediato. Con una calma que le salía de un lugar nuevo, un lugar de seguridad interna que ni ellas podían tocar, dejó su carpeta sobre el escritorio, se quitó la chaqueta y se sentó en su silla.
Las miró directamente, con una expresión de desdén tan bien medida que hizo que las sonrisas de las gemelas se congelaran un poco.
—Mis cuñadas —dijo, con una voz dulce como el azúcar glass sobre un pastel envenenado.
—Tan finas, tan educadas. ¿Pasando su valioso tiempo escuchan