Cap. 47 ¡Me cae bien esta italiana!
Ares, aturdido, la devolvió el abrazo a medias, una sonrisa incrédula asomando a sus labios.
—Ginevra… ¿Qué diablos haces aquí? Te fuiste a…
—¡A vivir! —terminó ella, soltándolo y pasando a su lado como una brisa, entrando en el Penthouse. Sus ojos, del color de la miel, lo recorrieron todo con curiosidad voraz y se clavaron en Dayana, que se había puesto de pie, con el bebé en brazos.
El mundo se detuvo un segundo.
La sonrisa de Ginevra se suavizó, se llenó de una emoción tan profunda y cálida que Dayana sintió un nudo en la garganta.
—Dai… —susurró Ginevra, en italiano.
—Mio Dio, Dayana.
Caminó hacia ella, sin prisa, sin la invasión de Giorgio ni la crítica de las gemelas. Se detuvo frente a ella y, con una ternura que contrastaba con su energía explosiva, le acarició la mejilla.
—Te quitaste las gafas enormes —dijo, con voz quebrada.
—Y tienes a un bebé precioso. Pero esos ojos… siguen siendo los mismos. Los de la chica que le dijo a mi primo pomposo que su corbata era un crimen c