El silencio se había convertido en un tercer miembro en nuestra casa. Se movía con nosotros de habitación en habitación, instalándose entre cada conversación a medias, cada roce esquivo, cada mirada que evitábamos sostener por demasiado tiempo.
Santiago y yo hablábamos de cosas prácticas: de los pagos, de la agenda de la empresa, de cenas con posibles inversionistas. Pero lo que realmente importaba, lo que estaba creciendo entre nosotros como una grieta peligrosa, no se mencionaba. No hablábamo