El silencio en el auto era ensordecedor.
Podía sentir su respiración pesada, su mirada ardiendo en el costado de mi rostro mientras intentaba procesar todo lo que acababa de pasar.
El rescate.
El miedo.
El ataque.
Mi apellido.
Mi maldita sangre.
No podía mirarlo.
No después de lo que había visto en sus ojos cuando irrumpió en ese almacén y me encontró esposada, golpeada, vulnerada de una forma que nunca antes había permitido.
Y lo peor de todo…
No podía ignorar lo que había visto en mí.
Porque,