El folder seguía ahí, como una sentencia de muerte esperando ser ejecutada.
Mi nombre brillaba en la portada con una crudeza absurda, como si estuviera impreso con tinta indeleble, imposible de borrar.
Santiago no me quitaba la vista de encima.
No con la intensidad de otros momentos, no con esa mirada cargada de una tensión peligrosa como cuando estábamos demasiado cerca.
Esta vez era diferente.
Esta vez, me observaba con el análisis meticuloso de un hombre que está buscando grietas en la facha