El aire en la oficina se había vuelto denso, cargado de tensión y desconfianza.
Nadie hablaba más de lo necesario, las conversaciones se reducían a murmullos y los correos electrónicos eran revisados dos y tres veces antes de ser enviados, como si cada palabra pudiera incriminarnos.
La auditoría interna había comenzado.
Santiago lo había dejado claro en la última reunión. No confiaba en nadie. No le importaban las relaciones laborales, las amistades o los años de servicio. Hasta que encontrara