—Siéntate y firma —ordenó Massimo tan pronto vio entrar a Savannah al despacho.
La mujer, por su parte, lo miró con el ceño fruncido y con el insulto en la punta de la lengua. Pero sabiendo que nada obtendría al discutir con él y sus pocos modales, obedeció sin rechistar, sosteniendo la carpeta que estaba sobre el escritorio.
La abrió sin más y leyó las primeras líneas, donde establecía que el pago de la deuda era casándose con él y cumpliendo con su papel de esposa en todo el sentido de la pal