Las horas se desvanecieron entre el vino y las risas. A las 12:16 a. m., Naomi y Nelly, un poco ebrias y con la lengua floja por el alcohol que no acostumbraban a beber, decidieron que era hora de volver. Nelly llamó a un amigo, Andrés, quien pasó a recogerlas sin dudarlo. El camino a casa fue tranquilo, lleno de silencio y la somnolencia del alcohol. Dejaron a Naomi primero, y luego Andrés llevó a Nelly a su hogar.
—Muchas gracias, Andrés.—le dijo Nelly al bajarse.
—Cuando necesiten algo, solo tienen que llamarme.—respondió él, entregándole la llave del auto.
Al llegar a su puerta, Nelly se encontró con su hermano, Tyler, cruzado de brazos y con una expresión de desaprobación en el rostro.
—¿Por qué llegas en ese estado? ¿De quién es ese auto?
—De Naomi. Si vas a regañarme, que sea mañana, por favor.— respondió Nelly, entrando a la casa. Moría de sueño.
Mientras tanto, Naomi entró en la mansión, que estaba sumida en una oscuridad opresiva. Se quitó los zapatos en silencio y buscó el