Las palabras de Derek la golpearon como una bofetada. Su sonrisa se desvaneció, y un rubor se extendió por su cuello hasta sus mejillas, traicionando la indiferencia que intentaba proyectar. Volvió a su asiento, avergonzada, y tomó un sorbo de agua para calmarse. Pero no iba a ceder.
—Claro que lo disfruté. —dijo con una voz que recuperaba su antigua frialdad.— Es más, han pasado tres semanas desde entonces y lo sigo disfrutando. Fue muy gratificante conocer íntimamente al gran magnate Derek Torres.
Hizo una pausa, su mirada se detuvo en los ojos de él, y su voz se hizo más punzante.
—Eres pésimo amante. Tus labios son ásperos, tus gemidos espantosos, tus caricias bruscas, tus movimientos torpes… y lo tienes chiquito. Como hombre, no tienes mucho que ofrecer en la cama. Tu virilidad disminuye en cuestión de segundos.
Derek frunció el ceño. Sabía que ella estaba mintiendo; cada palabra era una puñalada calculada para herir su orgullo. Si era tan mal amante, ¿por qué las mujeres andaban