Freisy esbozó una sonrisa distorsionada por la frustración, negando con la cabeza, sus ojos fijos en los de él. La vergüenza y el peso de una humillación atroz la cubrieron como un manto pesado y frío. No pudo pronunciar palabra alguna; las tenía atoradas en la garganta.
A la mañana siguiente, el sol se asomaba perezosamente en el horizonte, disipando la niebla con una luz suave. La brisa matutina traía un reconfortante olor a tierra húmeda.
Tyler fue a la habitación de Freisy para iniciar el viaje de regreso a la ciudad, pero ella no estaba. En la recepción, le informaron que se había marchado temprano. Cuando él llegó al estacionamiento, la encontró al lado del auto, su silueta tensa y estática.
— Buen día. — la saludó. En el fondo, una punzada de culpa lo incomodó, sabía que su trato había sido cruel y desmedido, pero eligió mantener su postura de hielo.
Freisy no contestó. Y así, en un silencio pétreo, con miradas evasivas que se rehuían y con una tensión palpable y densa como el