OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 18.
Después de decir esas palabras, un silencio incómodo se instala entre Héctor y yo. No es un silencio cualquiera, sino uno pesado, espeso, como si el aire se hubiera vuelto más denso de repente. Puedo escucharlo todo: el leve crujido de la madera bajo nuestros pies, el eco distante de la casa y hasta mi propia respiración, irregular y tensa. Intento pensar con un poco más de claridad en la estupidez que acabo de decir, pero la rabia todavía me nubla la mente. Mientras tanto, observo cómo Héctor