OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 18.
Después de decir esas palabras, un silencio incómodo se instala entre Héctor y yo. No es un silencio cualquiera, sino uno pesado, espeso, como si el aire se hubiera vuelto más denso de repente. Puedo escucharlo todo: el leve crujido de la madera bajo nuestros pies, el eco distante de la casa y hasta mi propia respiración, irregular y tensa. Intento pensar con un poco más de claridad en la estupidez que acabo de decir, pero la rabia todavía me nubla la mente. Mientras tanto, observo cómo Héctor comienza a ponerse mucho más serio. Su expresión cambia lentamente, como si cada palabra que pronuncié hubiera terminado de romper algo dentro de él.
—Mi hermano era una buena persona —asegura Héctor con seriedad, sin titubear ni un solo segundo.
—Sí —respondo con desdén, ladeando el rostro—, repite eso hasta que te lo creas.
Sus palabras me cansan. Me agotan. Siento que esta conversación no va a llevar a nada y que seguir ahí solo hará que la herida se haga más profunda. Decido salir de la casa