88. Quiero que mi mundo sea el tuyo
El arrebato de aquel beso se sintió como si el mundo a su alrededor se hubiese detenido, como si todo hubiese al fin desaparecido y ahora la felicidad la estaban alcanzando con sus propias manos.
Se separaron por la falta de aliento y recargaron la frente contra la del otro mientras sonreían.
— No puedo creer que de verdad estés aquí — musitó, con el pecho subiéndole y bajando de la eufórica, de la emoción.
Ella se ocultó un pequeño mechón detrás de la oreja.
— Si quieres, me voy — dijo a mo