62. Querida esposa
Con asombrosa rapidez, el corazón del CEO Torrealba comenzó a latir desmesuradamente, y con cada línea que leía, su visión se volvió más borrosa. Se tuvo que aferrar al respaldo de una silla para no caer.
Despacio, alzó el rostro, sus ojos estaban abiertos de par en par.
— ¿Leonas? — llamó, no, más fue una advertencia — ¡Explícame qué diablos significa esto!
Leonas negó con la cabeza; avergonzado, sin saber que decir. Se sentía culpable. Demasiado.
— Ya se lo dije, señor, he cometido un grave e