Hortensia estaba sentada en la sala de interrogatorios. El lugar, desde su percepción, era todo un asco: las paredes eran grises y estaban manchadas por el tiempo; había una mesa metálica atornillada al suelo con marcas de esposas, dos sillas duras enfrentadas, un espejo unidireccional que reflejaba la luz fluorescente del techo y una cámara en la esquina grabando cada palabra.
El aire olía a café rancio, revolviéndole por completo el estómago. No debería estar sentada en esta maldita silla; de