En la carita de su hijo no había enojo ni miedo… solo una curiosidad seria, casi adulta, que no le correspondía a un niño de cuatro años.
—Mi amor… —dijo ella, agachándose para quedar a su altura—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Un poquito —se encogió de hombros, mirándola fijamente—. Te vi besar al doctor.
Sintió que el calor le subía a las mejillas porque la verdad era que había presenciado demasiado. No había planeado que esto pasara así. No tan pronto.
Se sentó en el suelo del pasillo, apoyand