El día de su boda, su padre no dejó de repetirle que todavía estaba a tiempo de retractarse.
—Dime una sola palabra y lo detendré. Sabes bien que no tienes que hacer esto. Yo me ocuparé de ustedes, nada les hará falta, Aitara —dijo, refiriéndose a ella y al bebé.
Sin embargo, ella solo sacudió la cabeza antes de soltar su mano y caminar hacia el hombre que la esperaba de pie en el altar. Sí, podía ser terca, incluso en esto. Su padre solo frunció los labios, dolido y resignado, y miró a Marcos