Elegía a Marcos, por supuesto.
Pero decirlo en voz alta no era una opción.
Aunque aparentemente no hizo falta decir nada, algo en sus ojos, en su expresión de miedo por su amigo, habló más fuerte que cualquier palabra.
La mano que descansaba sobre su barbilla la soltó en ese instante.
El rostro del hombre permaneció inmutable mientras respiraba hondo por la nariz, casi como si quisiera calmar a la fiera que habitaba en su interior.
—Entonces vete con él —dijo; su voz era increíblemente