Sabía que abrirle no era la mejor idea. Pero no tenía más opción.
Se ajustó la blusa holgada que llevaba y abrió la puerta con cautela.
Apenas se asomó por la abertura que creó, cuando el hombre la tomó del brazo y la jaló, sacándola al exterior.
—¿Por qué no abrías la puerta? —reclamó. Su aliento tenía un ligero aroma a alcohol.
—¡Mira la hora que es, Alejandro! ¿Qué se supone que haces aquí? —intentó hacer que la soltara.
—Hace mucho que no nos vemos, Selene. No es este el saludo que quiero r