—¡¿Quieres que me crea ese cuento?! ¡¿Crees que soy tonta?! ¡¿Por qué la dejaste ir?! —Los pies de Isabella quisieron moverse al lugar por el cual acababa de desaparecer esa mujer.
Alejandro la tomó del brazo y la hizo dar un paso atrás, imposibilitándola de alcanzar a la prostituta que había encontrado plácidamente durmiendo en la cama de su novio.
—¡Suéltame! ¡Y ni te atrevas a tratarme como una estúpida, porque te aviso que no lo soy! —gritó, intentando soltarse del férreo agarre del hombre—