Los tacones de la susodicha retumbaron en el piso de la habitación un instante antes de que la tomara del brazo y la jalara fuera de la cama con brusquedad.
—¡¿Quién eres tú?! —la sacudió, sin darle tiempo de que sus pies se estabilizaran sobre la alfombra—. ¡Habla, maldita mujerzuela!
No sabía qué responder. Estaba pálida ante la idea de ser descubierta. Alejandro la mataría por permitir esto.
—Señorita, no es lo que piensa —es lo único que alcanzó a decir, antes de que le jalaran el cabello,