Cuando al fin llego a la salida trasera, los guardias, al verme, lo hacen con un poco de sorpresa y estoy segura de que es por mi cara, no porque de la nada se les ha presentado la nueva reina.
Sus reverencias no tardan en llegar, pero no las correspondo ni con una mirada. Avanzo directo hacia el primer auto que veo con Emma actuando como la profesional que es.
Le ordena al chofer que corra a encenderlo, les pide a los guardias que abran las rejas de atrás. Todo ocurre tan rápido que, de un momento a otro, ya estoy dentro del auto mirando hacia el frente con mis ojos llenos de lágrimas.
—Llévenla a casa —ordena él y más rabia me da—. Emma, ve con ella.
Esa otra orden me altera los nervios, pero no le doy la atención que desea. Cuando el chofer entra al auto con Emma, me quedo en silencio.
El motor del auto vibra cuando el chofer gira la llave y ese sonido, tan común y mundano, se siente insoportable. Nos ponemos en movimiento, lo dejo, me alejo de él y sus mentiras. La reina sigue cel