No corro. Eso es lo primero que noto mientras avanzo. Cada paso se siente antinatural, como si mi cuerpo esperara la orden de colapsar, de girarse y volver atrás para llorar en sus brazos. Pero no lo hago.
Mantengo el ritmo firme, medido, casi elegante, como toda una princesa encantadora. Porque ya no hay nada que discutir, que pedir. No hay nada que salvar esta noche.
El aire de la noche se siente afilado, como si me cortara la piel a medida que avanzo, pero agradezco esa punzada. Me mantiene despierta, presente. Me recuerda que, aunque todo esté en ruinas, debo mantenerme con mi frente en alto.
Sigo sintiendo su mirada en mi espalda y sé que no necesito girarme para saber que quizá sí se atrevió a seguirme. Y eso duele de una forma extraña. Una forma nueva, pero no me detengo para confirmarlo.
Si lo hago, si lo miro, me romperé.
El murmullo de la fiesta se filtra por las paredes del castillo. El cumpleaños de la reina sigue su curso, ajeno al hecho de que algo fundamental acaba de mo