Caterine sintió una punzada de náuseas repentinas en cuanto olió el aroma del tocino friéndose. Era desagradable. Frunció el ceño y, sin pensarlo dos veces, apagó la estufa. Levantó la sartén y la acercó un poco a su rostro para estar segura de que el olor procedía del tocino, pero aquello fue una mala idea. El olor se volvió aún más asqueroso y su estómago se revolvió con más fuerza. Probablemente el tocino se había malogrado y por eso olía tan mal.
Dejó la sartén sobre la estufa, casi soltánd