Su aspecto era una aparatosa estantería que se desarmó simplemente al verlo, para su desconsuelo. No era para menos. Se lo veía fantástico, más musculado y bronceado. Los meses de entrenamiento sostenido habían obrado de maravillas, magnificando su ya de por sí exhilarante sensualidad. Lo bebió con su mirada por un largo instante, antes de que él fuera consciente de su presencia. Exudaba masculinidad por cada uno de sus poros. Vestido con informalidad, en contraste con los hombres trajeados que