MILO
Luego de despedir a la dulce mujercita que había encendido su noche, se acercó a la acristalada superficie del ventanal, perdiéndose en la magnífica vista de las luces de Los Ángeles a sus pies. Bebió un largo sorbo de su vaso de whisky y lo paladeó con placer. Tanto como le gustaba, no podía compararse con el sabor que aún guardaba su boca, el embriagante e íntimo de Regina.
No se había equivocado cuando la había visto, su ropa empapada y su cara abochornada en aquella fiesta, cuando supo