—«¡Grrr!».—Le ardía la verga, traspasaba los tejidos sensibles aún en la flacidez de su enorme bestia.—¡Mierda!.—Gritó, haciendo resistencia para no regresar a la habitación y partirle el pescuezo a esa inútil bruja.
—Amo. —La voz seductora de su preciosa Bastix, le llegó como casi un alivio. —¿Qué hace mostrado sus magníficos atributos a los serviles?.—Bastix tenía razón, habían algunos demonios y muertas serviles en la cercanía, casi agonizando de envidia por su esplendor.—No merecen conocer