—¡Ahhh!.—Grito, ante el indescriptible placer de sentirlo frotar con hambre animal su femineidad. Se habia dejado arrastrar sin remedio por ese torbellino de placer, al que había sido arrastrada sin piedad, aliñado a un oscuro gozo que exploraba y la empezaba a ser esclava.
—«¡Grrr!»—Gruño, antes de introducir sus pechos en su boca. Su inagotable excitación era sobrenatural. No la había dejado dormir en toda la noche.—¡Uhhh!, te la daré, bruja.—Le propino un fuerte azote en sus glúteos, evidenc