El cambio no fue inmediato, pero tampoco sutil, fue algo que se deslizó entre nosotros con una precisión inquietante, como si aquello hubiera entendido que ya no podía separarnos ni forzarnos, y hubiera decidido intentar algo más profundo, algo que no atacaba desde fuera sino desde lo único que todavía nos pertenecía: la forma en que nos elegíamos.
Seguí sosteniendo su mano, pero ahora era distinto, no porque el contacto hubiera cambiado, sino porque lo que sentía al hacerlo ya no era estable,