El acceso no colapsó, pero tampoco permaneció igual. Lo que ocurrió fue más inquietante: comenzó a depender de nosotros con una precisión que no requería consentimiento ni comprensión previa, como si nuestra sola existencia dentro de su campo de lectura hubiera sido absorbida como condición estructural indispensable para sostener la continuidad de aquello que estaba siendo observado al otro lado del umbral. Ya no éramos punto fijo en el sentido pasivo que habíamos entendido antes, sino una espe