CAPÍTULO 90. Unas caras de destrucción masiva
—¿Y si lo llamamos como uno de nuestros amigos? —sugirió Marianne, dirigiéndole una sonrisa a Gabriel.
—Me gustaría que así fuera —respondió él con voz risueña—. Pero ya viste cómo se pusieron con el asunto del padrino. ¿Quieres que nos crucifiquen?
Marianne rio porque sabía que él tenía razón.
—Bueno, pues para que no haya discusiones, ¿qué tal... Gabriel? como su papá... —sugirió.
Gabriel se puso rígido y sus ojos se llenaron de lágrimas, pero negó con la cabeza.
—¿Y si mejor le ponemos como