-No juegues conmigo Henderson –cogí mi saco que dejé en la mesa al entrar–. Podrías terminar viviendo de nuevo en ese basural del que te sacamos.
-Vamos –extendió los brazos–. ¡Solo jugaba hombre! No lo tomes en serio, eres mi hermano y te quiero –palmeó mi espalda.
Estaba harto de sus bromas. Ninguno de los dos tenía sentimientos filiales por el otro, es más, podría asegurar que nos odiábamos.
Desde que lo conocí, nunca le mencioné el lugar de su nacimiento, ni las desdichas que padeció con