27. No puedo decir
El aire se volvía letal. A pesar de la brisa veraniega, no podía sentirla.
Sus ojos, griseados, se nublaron hasta un punto en que era imposible ver su alma. Observaba cada gesto, cada expresión, como si eso le ayudara a comprenderme.
El teléfono sonaba insistente, vibrando contra mi pecho. Era un mensaje tenaz que parecía exigir ser escuchado. Jeremy mantuvo su mirada firme sobre mí. No se movió ni un centímetro. Con un gesto casi teatral, llevó su mano a la mesa. Con pausa letal, tamborileó lo