Diego miraba su teléfono con atención, pero los mensajes de su amigo tardaban en llegar.
¿Camila ya sabía lo de Isabela?
—¡Imposible! —se dijo a sí mismo.
Diego miró a su alrededor. Este era el departamento que había preparado para Camila.
Desde los muebles y electrodomésticos hasta los caracteres de “felicidad” pegados en las ventanas, no había ni un solo detalle que tuviera que ver con ella.
La palma de su mano estaba sudada; el pánico lo consumía sin remedio.
La puerta se abrió. Era Isabela.