Ahora Diego parecía un perro perdido y humillado, pero Camila no sentía la menor compasión.
—Tal como pensaste… ¿no lo sabías desde antes? —dijo, y al terminar de hablar, retiró la mirada y cerró la puerta de golpe.
Ramiro estaba sentado en la mesa esperándola.
Camila se acercó y él, con total naturalidad, le pasó los cubiertos.
Ella sintió un leve temblor en los dedos.
—¿Por qué no saliste antes? —preguntó.
Eso no parecía propio de Ramiro.
Desde que confirmaron su relación, él había proclamado