Contando los días, justo era la víspera de la boda de Diego y Camila.
Diego estaba tenso, los labios temblándole, aterrorizado hasta el límite.
—Ca… Camila… —balbuceó.
Camila también sonrió.
—Felicidades.
La palabra que le rasgaron el pecho a Diego como cuchillos ensangrentados.
Temblaba sin cesar. En ese instante comprendió con claridad absoluta:
él mismo había destruido todo, y Camila ya no podía amarlo.
—Diego, vámonos, todavía tenemos que alcanzar el avión —Isabela Ríos tomó de la mano a Die